Safaris en la Selva
El Parque Nacional Iguazú no termina en el borde de las cataratas. Detrás de los circuitos peatonales y el Tren Ecológico de la Selva se extienden decenas de miles de hectáreas de Selva Paranaense —la continuación argentina del bosque Atlántico— donde la densidad del dosel, el ruido de las cigarras y el olor a tierra húmeda constituyen una experiencia completamente distinta a la del agua en caída libre. Los Safaris en la Selva están diseñados para adentrarse en ese interior.
La excursión recorre senderos internos del parque a bordo de vehículos abiertos conducidos por guías naturalistas habilitados por Iguazú Argentina S.A., la concesionaria que gestiona los servicios turísticos dentro del área protegida. El formato de vehículo abierto no es un capricho estético: permite escuchar el entorno, detectar movimiento entre la vegetación y mantener el ángulo visual necesario para el avistaje. Los guías combinan el recorrido motorizado con paradas a pie, utilizando el silencio y la espera como herramientas de observación.
La fauna del parque es uno de los argumentos más sólidos de esta actividad. El coatí (Nasua nasua) aparece con frecuencia cerca de los senderos, a veces en grupos familiares que inspeccionan el suelo en busca de insectos o frutos caídos. El mono caí o capuchino negro (Sapajus nigritus), una especie endémica del Atlántico Sur, se desplaza por el dosel medio con una curiosidad que lo hace relativamente fácil de observar. El mono aullador negro (Alouatta guariba) es más difícil de ver, pero su grito gutural —uno de los sonidos más reconocibles de la selva misionera— suele escucharse desde los vehículos aun antes de que comience la caminata. Más elusivas son la corzuela colorada (Mazama americana) y la corzuela parda (Mazama nana), ciervos de pequeño tamaño que prefieren el sotobosque; el avistaje temprano a la mañana mejora las probabilidades de encontrarlos.
Las aves representan otro estrato del recorrido. El tucán de pico verde (Ramphastos dicolorus) y el tucán toco (Ramphastos toco) son identificables a distancia por su silueta y su vuelo ondulado sobre el dosel. Loros y cotorras de varias especies sobrevuelan en pares o bandadas, y el loro vinoso (Amazona vinacea), amenazado a nivel global, tiene en la selva misionera uno de sus reductos más importantes. Los safaris también ofrecen contexto para entender por qué el Parque Nacional Iguazú fue reconocido como Área de Importancia para la Conservación de las Aves (AICA).
La selva misionera que rodea los senderos de la excursión corresponde al ecotono entre la selva semicaducifolia y los sectores de mayor humedad próximos al Río Iguazú. Esta variación explica la presencia simultánea de especies del Cerrado y de la selva húmeda, una combinación que los guías naturistas utilizan para ilustrar por qué Misiones alberga la mayor biodiversidad de Argentina. El tapir (Tapirus terrestris), mayor mamífero terrestre del continente, habita el parque aunque sus movimientos nocturnos hacen poco frecuente su avistaje diurno; lo mismo ocurre con el oso hormiguero gigante (Myrmecophaga tridactyla), documentado en el área protegida pero raramente visto en los recorridos turísticos habituales.
Los Safaris en la Selva funcionan como complemento natural a la visita de los circuitos de las cataratas: donde los circuitos ofrecen escala y espectacularidad hídrica, el safari devuelve la atención a los procesos que sostienen ese paisaje. La combinación de ambas experiencias en una misma visita al parque permite salir con una lectura más completa de lo que la Selva Misionera representa —no sólo como destino turístico, sino como uno de los ecosistemas más amenazados y biológicamente ricos del planeta.





