Museo Polifacético Rocsen
En las afueras de la localidad de Nono, custodiado por las imponentes Sierras Grandes, se encuentra uno de los sitios más singulares de la provincia de Córdoba: el Museo Polifacético Rocsen. Este espacio no es solo un depósito de objetos antiguos, sino el resultado de la visión y el esfuerzo de un solo hombre, Juan Santiago Bouchon, un inmigrante bretón que llegó a la Argentina en 1950 con el firme propósito de crear un legado cultural para la humanidad. Inaugurado oficialmente el 6 de enero de 1969, el museo ha crecido de manera orgánica hasta albergar hoy más de 60.000 piezas provenientes de todos los rincones del mundo y de todas las épocas.
La experiencia en el Rocsen comienza antes de cruzar el umbral. Su fachada es una obra de arte en sí misma, diseñada por el propio Bouchon con un profundo sentido simbólico. Presenta 49 nichos (el resultado de multiplicar siete por siete) que contienen estatuas de personajes históricos que han contribuido al conocimiento, la paz y el humanismo. Desde Leonardo da Vinci y Johannes Kepler hasta Martin Luther King y la Madre Teresa de Calcuta, cada figura representa un eslabón en la cadena del saber humano. En el centro, presidiendo la entrada, se encuentra una imagen de Jesús rodeado de niños, reforzando el mensaje de hermandad universal que el fundador deseaba transmitir.
Una vez en el interior, el visitante se encuentra con un recorrido que desafía las clasificaciones convencionales. Las salas, aunque ordenadas alfabéticamente, proponen un diálogo constante entre disciplinas. Es posible pasar de una sala de arqueología americana, donde destaca una momia nazca y cráneos con trepanaciones milenarias, a un sector dedicado a la evolución de la tecnología, con cámaras fotográficas de todas las épocas, imprentas y motores antiguos. La colección es verdaderamente polifacética: incluye desde iconografía católica y carruajes del siglo XIX hasta una pinacoteca, una colección de instrumentos musicales y vitrinas dedicadas a la biología y la geología.
La filosofía detrás del Rocsen es tan importante como su contenido. Juan Santiago Bouchon, quien falleció en 2019, sostenía que «enseñar es la mejor forma de aprender» y que la cultura no tiene sentido si no es pública y accesible. Su mudanza desde Europa consistió en 23 contenedores cargados de tesoros que hoy forman el núcleo de esta institución sin fines de lucro, ahora gestionada por sus hijos. El nombre «Rocsen» proviene de la fusión celta de raíces latinas que significan «Roca Santa», un nombre que refleja la solidez y el carácter casi sagrado que el fundador otorgaba a la preservación del patrimonio.
Para recorrer el museo con la profundidad que merece se requiere tiempo, algo que la institución reconoce ofreciendo un «bono para regresar» sin costo adicional si el visitante no logra terminar el recorrido en un solo día. No hay Wi-Fi ni sistemas de climatización modernos, una decisión que fomenta una desconexión del ritmo frenético actual para sumergirse por completo en la historia. Se permite el ingreso con mascotas siempre que lleven correa, y el ambiente general es de respeto por el silencio y la observación. Visitar el Rocsen es, en última instancia, un ejercicio de curiosidad y una invitación a reflexionar sobre nuestra propia identidad a través de los objetos que nos han definido como especie a lo largo de los siglos.

